Simón

Octubre 18, 2008

Subí a una estación. Una estación de trote. ¿Qué significa “estación de trote”? No tengo la más mínima idea, pero eso era. Parecía una taquilla de pago (como la antigua del parque del este), o la estación inferior del teleférico. Era beige y estaba ubicada en una de las mejores universidades de la ciudad. Era redonda, y había mucha gente. Comprabas tu ticket y un instructor te acompañaba hacia una pendiente estrecha, cercada con una reja de alambres, donde podía trotar mientras observavas una montaña llena de pinos y árboles verdes, muy verdes.

El lugar tenía como mascotas de defensa una pantera y un perro muy grande. Ambos eran mansos, pero igual te cohibías. Ambos te seguían por el camino, cuidándote. A veces se adelantaban un poco, antes de doblar las esquinas. La pantera me impresionó bastante.

Luego, el sueño se me hizo difuso.

mi sueño

Septiembre 16, 2008

Vivíamos en ésta ciudad tipo Montevideo pero que se llamaba Caracas, era un día soleado pero sabíamos que pasaría un huracán por allí, Por alguna razón apareció una amiga y decidimos irnos a Suiza caminando, notablemente cerca. Otra amiga quería ir a Polonia, pero a nadie le gustaba Polonia, así que decidimos que definitivamente iríamos a Suiza. Las calles por las que caminamos eran una locura, parecía cualquier mercado de la Guaira; extrañamente, después de caminar ocho horas llegamos al estado Zulia, por donde también pasaría un huracán. Quizá era el mismo.

Entré a una especie de Palacio de la Justicia (de esos antiguos), con techos altos y de color beige. Lo primero que hice al entrar fue notar que mientras afuera todo estaba caótico con las personas preparándose para el huracán, adentro solo habían unas 10 personas en un espacio gigantesco. Todos vestidos de trajes y callados. Entré y lo primero que verifiqué fueron las ventanas, eran un poco gruesas así que concluí que era un buen refugio. Llamé a mis amigas, aunque no las recuerdo. También llamé a un perrito que había recogido en la calle.

Después de varias horas encerrados allí el cielo de estar soleado se volvió gris repentinamente. Yo abrí la puerta principal del Palacio porque el gato de una anciana que estaba a mi lado se había salido. Así que abrí la puerta y empecé a llamarlo, era un gato adulto negro. Al mismo tiempo, volteé a mi derecha (solo sacando la cabeza hacia fuera) y vi un gato negro con marrón bebé que no quería entrar, así que yo le llamaba y le decía “GATO ENTRA, VEN, AHI TE VAS A MORIR”. No me hacía caso, volteé a mi izquierda y el huracán venía rápidamente. La señora anciana me obligó a cerrar la puerta y a través del vidrio ahumado vimos pasar el huracán en dos segundos. El efecto que tuvo fue espantoso. Todo se destruyó en esos dos segundos. Los gatos, los dos, salieron volando hacía arriba y en menos de un segundo se golpearon contra el suelo.

El gato adulto murió en el instante, en cambio, el gato bebé permaneció delirando, su piel estaba arrancada de manera muy bizarra. Estaba rojo, como la carne que comen los humanos. Salí hacía afuera, agarré al gato en el afán de salvarlo y empecé a caminar hacia Caracas. Un señor me detuvo y me preguntó qué hacía con ese gato, que su destino era morir y yo lo estaba impidiendo, así que le respondí “éste gato sobrevivió por alguna razón, si su destino hubiese sido morir estaría muerto como el otro”. Seguí caminando.

De repente llegué al puerto de Buenos Aires, había mucho tráfico, las personas estaban histéricas, el huracán había sembrado la anarquía total. Me frené a un lado de cierto auto, puse al gato en el suelo y le dije “lo siento” y lo abandoné. Sin pensarlo, sin mirar hacia atrás.

Luego llegué a Caracas, ya todo estaba bien.

Aunque aún seguía pareciéndose a Montevideo.